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La Tierra no es “normal”: el secreto de por qué aquí hay vida (y en Venus o Marte no)

15 de diciembre de 2025

La intervención de José Manuel Nieves arrancó con una idea provocadora: "hoy no toca mirar al espacio, sino a lo que hay bajo nuestros pies". Tras décadas buscando “otra Tierra” —primero en el Sistema Solar y luego entre miles de exoplanetas— Nieves subrayó que no aparece ningún planeta verdaderamente parecido, y eso obliga a preguntar qué hace tan especial al nuestro. Venus y Marte, pese a formarse con materiales similares y ser vecinos, son extremos opuestos: uno es un infierno y el otro un desierto helado. La clave, sugiere, no está fuera, sino en la maquinaria interna de la Tierra, capaz de sostener agua líquida, atmósfera y vida.


Su relato retrocedió a la formación del Sistema Solar: el Sol se enciende, queda un disco protoplanetario y de allí nacen planetesimales en una etapa violenta de colisiones. La Tierra primitiva fue un océano de magma bombardeado una y otra vez, hasta que el sistema se estabiliza y los materiales se organizan por densidad: núcleo de hierro y níquel, manto de silicatos y una corteza finísima, casi una piel. De esa estructura emerge una pieza decisiva: el núcleo externo líquido girando alrededor del interno sólido funciona como una dinamo que genera el campo magnético, un escudo que ayuda a preservar la atmósfera frente a radiación, tormentas solares y rayos cósmicos.


Con esa base, la charla enlazó con el gran motor que diferencia a la Tierra: la tectónica de placas. A partir de Wegener y su intuición sobre continentes que encajan, se explica cómo la corteza está fragmentada en placas que se crean en las dorsales oceánicas, se desplazan y terminan hundiéndose en zonas de subducción, reciclando la superficie del planeta. Ese reciclaje no solo mueve continentes y alimenta volcanes: también arrastra agua y CO₂ hacia el interior y los devuelve a la atmósfera a través del vulcanismo, actuando como un termostato natural que estabiliza el clima y mantiene nutrientes esenciales para la vida oceánica. Frente a ello, Marte y Venus carecen de un sistema equivalente: sin reciclaje activo, son mundos mucho más “muertos” desde el punto de vista geológico.


Por último, el ponente mostró cómo sabemos todo esto sin perforar el planeta: gracias a las ondas sísmicas, que revelan capas, densidades y estructuras ocultas. En ese marco aparece uno de los hallazgos más fascinantes: dos enormes masas profundas en el manto, más densas de lo esperado, que podrían ser restos de Theia, el protoplaneta que chocó con la Tierra hace unos 4.500 millones de años y cuyos escombros formaron la Luna. La conclusión vuelve al inicio: la Tierra es un mundo vivo, dinámico y hasta peligroso, pero precisamente esa violencia —núcleo activo, campo magnético y placas en movimiento— es lo que ha permitido que exista un planeta azul con vida.


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