La historia de los lugares de culto de Israel comienza con el Tabernáculo, un santuario portátil construido por los israelitas durante su travesía por el desierto siguiendo las instrucciones que, según la tradición bíblica, Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Este complejo religioso, desmontable y transportable, albergaba el Arca de la Alianza y reproducía una estructura sagrada dividida en el Santo y el Santo de los Santos. Su diseño sirvió posteriormente de modelo para los templos permanentes que se levantarían en Jerusalén.
Con el establecimiento del reino de Israel, el rey Salomón emprendió la construcción del primer gran templo de Jerusalén en el Monte Moria. Considerado una de las obras arquitectónicas más impresionantes de la Antigüedad, requirió enormes cantidades de piedra, madera de cedro del Líbano, bronce y oro. El edificio reproducía la disposición del Tabernáculo, pero con dimensiones monumentales y una riqueza decorativa extraordinaria. Durante más de cuatro siglos fue el centro espiritual del pueblo judío hasta su destrucción por el rey babilonio Nabucodonosor en el año 586 a. C.
Tras el exilio en Babilonia, los judíos regresaron a Jerusalén y construyeron el llamado Templo de Zorobabel. Aunque más modesto que el de Salomón, permitió restablecer el culto y la vida religiosa en la ciudad santa. Siglos después, el rey Herodes el Grande acometió una ambiciosa ampliación y reconstrucción que transformó completamente el recinto. El resultado fue el majestuoso Templo de Herodes, una de las maravillas arquitectónicas del mundo antiguo y el escenario donde predicó Jesús de Nazaret.
La destrucción definitiva del Templo de Herodes por las legiones romanas de Tito en el año 70 d. C. marcó un antes y un después en la historia del judaísmo. Desde entonces, el templo no ha vuelto a ser reconstruido y solo permanece parte de la gran plataforma que lo sustentaba, conocida hoy por el Muro de las Lamentaciones. Sin embargo, el recuerdo del Tabernáculo y de los templos de Jerusalén continúa siendo uno de los elementos centrales de la tradición religiosa judía y una referencia fundamental para comprender el contexto histórico y espiritual del cristianismo.