El recorrido enfrentó las trayectorias de Gustav Klimt y Edvard Munch, dos grandes maestros que vivieron a caballo entre los siglos XIX y XX y que protagonizaron algunas de las transformaciones decisivas de la pintura moderna. Aunque fueron prácticamente contemporáneos, sus obras evolucionaron por caminos profundamente diferentes.
Klimt estuvo estrechamente relacionado con la Secesión de Viena y el modernismo, mientras que Munch abrió nuevas vías hacia el expresionismo, utilizando la pintura para adentrarse en las emociones, los temores y los conflictos más profundos del ser humano.
La primera parte se centró en la evolución artística de Gustav Klimt, desde sus primeras composiciones de carácter más convencional hasta la aparición de un lenguaje absolutamente personal dominado por la ornamentación, el simbolismo, la sensualidad y el uso espectacular del color y el dorado. Obras como Las tres edades de la mujer, El beso, Dánae, Esperanza, Las vírgenes o Muerte y vida mostraron su extraordinaria capacidad para convertir el cuerpo humano, especialmente el femenino, en protagonista de composiciones de enorme riqueza visual. Sus retratos y paisajes también permitieron descubrir a un artista mucho más diverso que el autor de sus célebres pinturas doradas.
La segunda parte cambió radicalmente de registro para adentrarse en la obra de Edvard Munch, cuya pintura había explorado territorios mucho más inquietantes. La soledad, los celos, la separación, el erotismo, el miedo, la muerte y la angustia fueron apareciendo como grandes temas de una producción que buscaba representar no tanto la realidad exterior como el estado emocional de las personas. Obras como Atardecer, El día después, Separación, Celos, Luz de luna y, sobre todo, El grito, mostraron cómo Munch había convertido experiencias y sentimientos universales en imágenes capaces de continuar interpelando al espectador más de un siglo después.
El análisis terminó mostrando cómo Klimt y Munch habían llegado a la modernidad desde direcciones casi opuestas. Klimt había construido un universo de belleza, sensualidad, decoración y esplendor visual, mientras Munch había penetrado en las zonas más vulnerables y oscuras de la condición humana. Uno había convertido la pintura en seducción y el otro en desgarro; pero ambos habían roto con buena parte de las convenciones heredadas del siglo XIX y habían contribuido decisivamente a abrir las puertas de las nuevas corrientes artísticas que transformarían el siglo XX.