Javier Arries propuso en "Morir y renacer en Egipto" un viaje a la mentalidad del Antiguo Egipto para entender cómo concebían la muerte y qué esperaban “al otro lado”. A partir de una mirada antropológica, la conferencia ofreció claves para acercarnos a su cosmovisión y, al mismo tiempo, desmonta algunos tópicos muy extendidos sobre momias, rituales y creencias funerarias.
Para comprender ese tránsito, Arries explicó que los egipcios no reducían al ser humano a cuerpo y “alma” como en la tradición judeocristiana, sino que lo entendían como un conjunto de componentes.
Entre ellos destacaban el cuerpo físico (jhat), la sombra (sheut), el ka como fuerza o “doble vital”, y el ba, más ligado a la individualidad y la conciencia, representado como un ave con cabeza humana. La meta tras la muerte era que esos elementos pudieran reunirse y alcanzar un estado superior, el akh o “espíritu transfigurado”, tras superar el juicio de Osiris.
La charla también recorrió cómo surgió y evolucionó la momificación: desde enterramientos en la arena que preservaban de forma natural los cuerpos, hasta técnicas cada vez más complejas a lo largo de más de 3.000 años de historia. Arries insiste en que no existió un único “método” fijo: dependía del periodo, la economía familiar y el estatus social.
La conservación del cuerpo no respondía a una obsesión morbosa, sino a la necesidad de mantener un soporte reconocible para ese regreso de los componentes espirituales, y a la aspiración de continuar una vida plena en el Más Allá.
Finalmente, se describió el carácter profundamente ritual de todo el proceso: embalsamadores, sacerdotes, amuletos, vasos canopos, procesiones hacia el oeste y ceremonias como la apertura de la boca, destinada a devolver al difunto sus sentidos y su capacidad de actuar en la eternidad.
La tumba, concluyó Arries, no era un simple depósito de restos, sino una “casa de la eternidad” y un lugar activo de relación con los vivos, donde las ofrendas, la memoria y el nombre sostenían la continuidad del difunto. Una conferencia que reveló, con matices y rigor, por qué en Egipto morir significaba también prepararse para renacer.