La conferencia “Constantino contra Licinio: la guerra mundial romana” que nos trajo Gregorio Muela fue un recorrido por uno de los periodos más convulsos y complejos de la historia de Roma tardía. A partir de la confrontación simbólica entre el Lábaro constantiniano y el águila imperial, el ponente explicó cómo este choque no fue solo militar, sino también ideológico: dos maneras de entender el Estado romano en un momento de transición, con el cristianismo en ascenso y el paganismo todavía dominante en amplios sectores del poder.
Tras presentar una bibliografía básica —desde fuentes clásicas como Eusebio de Cesarea (útil, aunque marcada por el elogio a Constantino) y el clásico moderno de Edward Gibbon, hasta estudios y obras contemporáneas—, la sesión conectó el contexto histórico con la creación literaria de la saga Caos.
Se expusieron los dos volúmenes ya publicados (El Águila y la Cruz y La Templanza del Emperador), planteados como novelas épicas y didácticas que combinan aventura, intriga política, batallas y misterio, y que presentan personajes “grises” alejados de lecturas maniqueas.
Para entender el enfrentamiento entre Constantino y Licinio, se trazó primero la evolución desde la crisis del siglo III (anarquía militar, emperadores efímeros y conflictos en fronteras) hasta el gran punto de inflexión: Diocleciano y la tetrarquía.
Se explicó cómo aquel sistema colegiado, pensado para sostener un imperio inmenso y frenar usurpaciones, derivó en nuevas tensiones sucesorias y guerras civiles, culminando en episodios decisivos como la batalla del Puente Milvio (312), la alianza posterior entre Constantino y Licinio y el llamado “edicto de Milán” (313), entendido como una fórmula de tolerancia religiosa y restitución de bienes que consolidó un cambio irreversible en el paisaje espiritual del imperio.
En la parte central, la conferencia detalló las dos guerras civiles entre Constantino y Licinio: la primera (316–317), con choques como Cibalae y el Campus Ardiensis, y una paz frágil que dejó a Constantino en posición dominante; y la segunda (324), resuelta en una cadena vertiginosa de enfrentamientos en Tracia y el Bósforo, incluyendo la decisiva campaña naval del Helesponto y la victoria final en Crisópolis, que abrió el camino al poder único.
Y el cierre abordó las consecuencias: la eliminación definitiva de Licinio y su heredero, el horizonte del Concilio de Nicea, el traslado del centro político hacia Oriente y la fundación de una nueva capital, que acabaría conociéndose como Constantinopla, antes del final del emperador en 337, ya en un imperio transformado para siempre.